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Estampas de mi viejo Limón

 

Por Dr. Romano Salas Pardo

 

 Llovía a cantaros....

 

Limón hacia la siesta de medio día. Las  viejas calles vacías que bordeaban el tajamar, a cuya vera se alineaban las infaltables casas multicolores de techos herrumbrosos, respiraban el salitre del oleaje que golpeaba incesante la muralla centenaria... había un ambiente de agobiante nostalgia, incluso perceptible para un mocoso de 10 años que paseaba sus fantasías por aquella autopista imaginaria de  aquel interminable paredón. Los pasos pequeños de unas tenis de lona chapoteaban en los charcos de la acera, a ratos lleno de   soledad  y a ratos de pueril fantasía. De pronto toda aquella pesadumbre se escapaba como arrastrada por  golondrinas vespertinas,  al escuchar el embate de las olas, que cual  baldazos  de agua salada rompiendo en espumosas salpicaduras eran la delicia de la barra de carajillos que  me llamaban a participar de semejante delicia.

 

Las tardes de matinée del  cine Acón acuden a mi memoria con luminosa  claridad: La calle frente al Mercado con sus frondosos mangos y la brisa que abanicaba las ramas, refrescaba el sopor de aquella soleada  tarde. Por allá, Chepita con sus elefantiásicas piernas vendía maní sentado en las gradas  de acceso a la penumbrosa antesala del cine,  haciéndole la competencia a una arrugada y gorda grany que con una sonrisa desdentada y aburrida nos ofrecía candys, frutinis, milanes, y tapitas; Eran los preliminares de la entrada de tanda de 3 pm, y todos y cada uno esperaba ansioso que abrieran la reja corrediza del cine. La algarabía de los carajillos era justificada, se presentaba una estreno  de Roy  Rogers,  y entre risas gritos y cuerdeos con las chiquillas que nos gustaban se pasaban los minutos previos a la entrada del matinée. De pronto enfilando por la esquina del Oasis,   aparecía “Caballero”  empujando su carretón con una sorbetera encajada encima, impecable delantal blanco, pantalón armi planchado a la perfección y aquellos negros zapatones claveteados media bota que relucían al sol, obligándolo a  caminar con aquel porte de viejo y cansado  militar. Su pregón nos hacia agua la boca de solo imaginar aquellos mágicos helados de sorbetera proclamados con estentórea voz: “winnehelao, caballero”.....  Oh tiempos aquellos de mi entrañable e inolvidable Limón.

 

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