Llovía
a cantaros....
Limón
hacia la siesta de medio día. Las
viejas calles vacías que bordeaban el tajamar, a cuya vera
se alineaban las infaltables casas multicolores de techos
herrumbrosos, respiraban el salitre del oleaje que golpeaba
incesante la muralla centenaria... había un ambiente de agobiante
nostalgia, incluso perceptible para un mocoso de 10 años que
paseaba sus fantasías por aquella autopista imaginaria de
aquel interminable paredón. Los pasos pequeños de unas
tenis de lona chapoteaban en los charcos de la acera, a ratos
lleno de soledad
y a ratos de pueril fantasía. De pronto toda aquella
pesadumbre se escapaba como arrastrada por
golondrinas vespertinas,
al escuchar el embate de las olas, que cual
baldazos de
agua salada rompiendo en espumosas salpicaduras eran la delicia de
la barra de carajillos que me
llamaban a participar de semejante delicia.
Las
tardes de matinée del cine
Acón acuden a mi memoria con luminosa
claridad: La calle frente al Mercado con sus frondosos
mangos y la brisa que abanicaba las ramas, refrescaba el sopor de
aquella soleada tarde.
Por allá, Chepita con sus elefantiásicas piernas vendía maní
sentado en las gradas de
acceso a la penumbrosa antesala del cine,
haciéndole la competencia a una arrugada y gorda grany que
con una sonrisa desdentada y aburrida nos ofrecía candys,
frutinis, milanes, y tapitas; Eran los preliminares de la entrada
de tanda de 3 pm, y todos y cada uno esperaba ansioso que abrieran
la reja corrediza del cine. La algarabía de los carajillos era
justificada, se presentaba una estreno
de Roy Rogers,
y entre risas gritos y cuerdeos con las chiquillas que nos
gustaban se pasaban los minutos previos a la entrada del matinée.
De pronto enfilando por la esquina del Oasis,
aparecía “Caballero”
empujando su carretón con una sorbetera encajada encima,
impecable delantal blanco, pantalón armi planchado a la perfección
y aquellos negros zapatones claveteados media bota que relucían
al sol, obligándolo a caminar
con aquel porte de viejo y cansado
militar. Su pregón nos hacia agua la boca de solo imaginar
aquellos mágicos helados de sorbetera proclamados con estentórea
voz: “winnehelao, caballero”.....
Oh tiempos aquellos de mi entrañable e inolvidable Limón.